miércoles, 12 de agosto de 2015

Historia de la llanura esplendente


Desconocía que William Morris hubiera sido un precursor de Tolkien o Michael Moorcock. Sabía del renacer de las leyendas artúricas en la época victoriana gracias a la obra de Alfred Tenysson y de la influencia que había tenido entre los prerrafaelitas, especialmente en la última hornada, representada por el propio William Morris y su inseparable amigo Sir Edward Burne-Jones. Sabía también, que entre los libros más primorosos que editó el propio Morris en su Kelmscott Press estaba La muerte de Arturo, de Thomas Malory, pero no tenía noción alguna de su propia obra como escritor de novela fantástica.

De manera fortuita, encontré este libro en un estante dedicado a la ciencia ficción, de la misma manera que se encuentra a un niño que se ha perdido por la calle, justo después de haber estado en Londres visitando la Tate y Leighton House (Red House, Kelmscott House, la William Morris Gallery en Walthanstow, o incluso el Museo Alberto y Victoria quedaban fuera de mi alcance, no se puede abarcar todo). No me quedó otro remedio que llevarme el niño a casa.

¿No habéis estado en Leighton House? Error


Antes de poder haberme adentrado suficientemente entre sus páginas, ya había dado con un cambiapieles (Zorro Pequeño) y varias leyendas de la mitología nórdica. Es cierto que la forma de escribir de Morris, perfectamente preservada por el traductor, Javier Martin Lalanda -todo un descubrimiento-, en la edición de Cátedra (2014), es arcaizante y peculiar: he aprendido lo que es un kenning, aunque por el contrario, no acabo de tener clara la noción de que la costumbre de introducir largas canciones o poemas en la narración sirve para construir un hiato, de forma que el lector puede adelantarse a los acontecimientos de la novela. 

En cualquier caso, el libro cuenta con un excelente prólogo: no por conocido su contenido deja de ser interesante, fundamentalmente en lo que a la exposición de algunas ideas de Morris se refiere, muchas de ellas relacionadas con el socialismo, la utopía y su concepción de la vida, discusiones que están de rabiosa actualidad. Es cierto; puede que algunas de ellas estén impregnadas de cierta ingenuidad, pero yo diría que esta ingenuidad se encuentra, sobre todo, en las propuestas de construcción de una sociedad más humanizada, no en el diagnóstico que se hace de la situación.

Pensaba que la ingente cantidad de libros que traje de Londres relacionados con los prerrafaelitas iban a colmar estas aburridas tardes de Agosto en la capital, ya que no he podido dejar transcurrir la canícula en la forma en que a mí me hubiese gustado: conectando fichas de dominó. Ahí siguen los libros, ya que William Morris me hizo un quiebro, llegando hasta mí de una forma inesperada.

Epílogo: es triste constatar que la presencia del rey Arturo en Londres se reduce prácticamente a las pinturas de William Dyce que se encuentran en la sala de Togas de la Reina, en el Palacio de Westminster.