lunes, 10 de octubre de 2016

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miércoles, 12 de agosto de 2015

Historia de la llanura esplendente


Desconocía que William Morris hubiera sido un precursor de Tolkien o Michael Moorcock. Sabía del renacer de las leyendas artúricas en la época victoriana gracias a la obra de Alfred Tenysson y de la influencia que había tenido entre los prerrafaelitas, especialmente en la última hornada, representada por el propio William Morris y su inseparable amigo Sir Edward Burne-Jones. Sabía también, que entre los libros más primorosos que editó el propio Morris en su Kelmscott Press estaba La muerte de Arturo, de Thomas Malory, pero no tenía noción alguna de su propia obra como escritor de novela fantástica.

De manera fortuita, encontré este libro en un estante dedicado a la ciencia ficción, de la misma manera que se encuentra a un niño que se ha perdido por la calle, justo después de haber estado en Londres visitando la Tate y Leighton House (Red House, Kelmscott House, la William Morris Gallery en Walthanstow, o incluso el Museo Alberto y Victoria quedaban fuera de mi alcance, no se puede abarcar todo). No me quedó otro remedio que llevarme el niño a casa.

¿No habéis estado en Leighton House? Error


Antes de poder haberme adentrado suficientemente entre sus páginas, ya había dado con un cambiapieles (Zorro Pequeño) y varias leyendas de la mitología nórdica. Es cierto que la forma de escribir de Morris, perfectamente preservada por el traductor, Javier Martin Lalanda -todo un descubrimiento-, en la edición de Cátedra (2014), es arcaizante y peculiar: he aprendido lo que es un kenning, aunque por el contrario, no acabo de tener clara la noción de que la costumbre de introducir largas canciones o poemas en la narración sirve para construir un hiato, de forma que el lector puede adelantarse a los acontecimientos de la novela. 

En cualquier caso, el libro cuenta con un excelente prólogo: no por conocido su contenido deja de ser interesante, fundamentalmente en lo que a la exposición de algunas ideas de Morris se refiere, muchas de ellas relacionadas con el socialismo, la utopía y su concepción de la vida, discusiones que están de rabiosa actualidad. Es cierto; puede que algunas de ellas estén impregnadas de cierta ingenuidad, pero yo diría que esta ingenuidad se encuentra, sobre todo, en las propuestas de construcción de una sociedad más humanizada, no en el diagnóstico que se hace de la situación.

Pensaba que la ingente cantidad de libros que traje de Londres relacionados con los prerrafaelitas iban a colmar estas aburridas tardes de Agosto en la capital, ya que no he podido dejar transcurrir la canícula en la forma en que a mí me hubiese gustado: conectando fichas de dominó. Ahí siguen los libros, ya que William Morris me hizo un quiebro, llegando hasta mí de una forma inesperada.

Epílogo: es triste constatar que la presencia del rey Arturo en Londres se reduce prácticamente a las pinturas de William Dyce que se encuentran en la sala de Togas de la Reina, en el Palacio de Westminster.

sábado, 8 de agosto de 2015

El triángulo de Dalí



"No se puede entender mi pintura sin conocer Portlligat". Dalí decía muchas galimatías, pero desde luego, esta frase es absolutamente cierta. Su obra y su personalidad se comprenderán mejor con una visita a su triángulo que asistiendo a cientos de exposiciones suyas. 

Cuando yo era un chaval, Dalí me resultaba un personaje extraño y un tanto desagradable. Sus apariciones en televisión me aburrían y, en ocasiones, me exasperaban. Recuerdo concretamente esta entrevista con Joaquín Soler Serrano, realizada cuando yo tenía quince años, que me ponía de los nervios:


Tardé muchos años en apreciar su figura. Recuerdo con mucho cariño la exposición de su obra que se presentó en 1983 en el antiguo Museo Español de Arte Contemporáneo de Madrid (que, por aquel entonces estaba ubicado en la Complutense, donde actualmente reside el Museo del Traje). Para mí, fue todo un descubrimiento. La muestra obtuvo una repercusión similar -salvando las distancias- a la que se celebró treinta años después en el Reina Sofía. Sin embargo, para mí, ambas fueron diametralmente distintas. Sin duda, la explicación es clara: después de haber visitado el triángulo de Dali en el Ampurdán, no hay exposición, por muy completa que sea, que se asemeje a esta experiencia: fue en Girona donde comprendí que lo realmente interesante de este pintor no era su obra, sino su personalidad.


Comencé el recorrido por su casa de Portlligat, sin duda la etapa más complicada de realizar, ya que sólo se puede hacer en forma de visita guiada sacando la entrada de manera anticipada. Esta visita es también la mas ilustrativa y didáctica: entras con una imagen de Dalí y sales con otra totalmente distinta. Donde antes había una persona excéntrica, ahora aparece un trabajador incansable; su forma de dibujar -que siempre me había parecido plagada de limitaciones- pasa a ser una representación fidedigna de la casa y su entorno. La decoración es excepcional, además de insólita: demuestra inteligencia, humor e ingenio. En mi opinión, toda la casa desprende un halo especial, muy característico. De esas esencias se deduce que quien aquí vivió, lo hizo feliz.


















El segundo punto del recorrido, como es de sobra conocido, es el teatro-museo de Figueres. El tercer museo más visitado de España conlleva una larga visita y es una de las mejores formas de conocer la obra del artista local: eso sí, téngase presente que gran parte de los trabajos más conocidos e importantes del autor están diseminados por el mundo. Eso sí, aqui se pueden ver varias obras imprescindibles: El espectro del sex-appeal, La imagen desaparece, Autorretrato blando con bacon frito, Leda atómica, Galatea de las esferas o  de espaldas pintando a Gala de espaldas... pero hay mucho más: hay que detenerse en las salas con sus ilustraciones del Quijote y la Divina Comedia,  hay que dedicar tiempo para ver la obra de su amigo Antoni Pixot (recientemente fallecido), infinidad de detalles... En cualquier caso, a estas alturas ya habréis adivinado que la pintura es sólo una de las facetas del artista, y no necesariamente la más representativa. 

Si en Portlligat se podía apreciar la personalidad de Dalí y sus auténticas motivaciones, aquí nos centramos en el producto de su obra. Y como trabajo de manera infatigable mas vale que reservéis tiempo para apreciarla: no es un sitio al que convenga ir con prisa. Reservad tiempo para verlo de manera pausada o sólo veréis un cúmulo de extravagancias.




De lo mejorcito... 









Por último, también hay que ver el Castillo de Púbol. Os aseguro que es complementario de las dos visitas anteriores. Fui con reticencia, porque pensaba que ya había tenido suficiente Dalí, y salí encantado (eso sí, espacié las tres visitas a lo largo de diez días). Si podéis, daros primero un pequeño garbeo por el pueblo, merece la pena. Luego podréis seguir alucinando, os lo aseguro.

« - Te regalo un castillo gótico Gala
- Acepto con una condición, que sólo vengas a visitarme al castillo con invitación.
- Acepto, ya que acepto en principio todo, a condición de que haya condiciones. Es el principio mismo del amor cortés.»
En este lugar, caramelo envenenado del artista a su musa, se comprueba que Dalí no se tomaba en serio a si mismo, a la vez que se admiraba profundamente. Tenía un concepto envidiable de si mismo,  sin dejar por ello de sentir algo de repugnancia y desprecio por su persona. El lugar tiene algo de prisión y a la vez que se experimenta una sensación liberadora simultáneamente. Es la morada de Gala, a la que se la supone una personalidad muy dominante (en el pueblo nos hablaron de ella como una persona generosa y atenta, imagen bastante alejada de la que se presentaba públicamente), pero rezuma Dalí por los cuatro costados. 





La tumba de Gala. Dalí no está a su lado.



El elefante se transforma en avestruz ¿se aprecia en la foto?
El año en el que estuve, 2011, había una exposición de fotografía de Philippe Halsman que era una auténtica gozada: las calaveras compuestas de mujeres desnudas, los gatos flotando en el aire y otras tantas barrabasadas completaban su delirante imagen. Todos los años se organiza una exposición mas que interesante acerca de otras de las inagotables facetas del artista: este año, por ejemplo, se centraba en sus esculturas.

Lo mismo que sus pinturas ya no resultan extrañas después de visitar Portlligat, la personalidad de Dalí se muestra totalmente distinta después de empaparse de ella cuando se ha visitado el triángulo. Y se hace más humana, inteligente y divertida. Desde entonces, para mi el mundo es un lugar mas placentero. 

Una recomendación adicional: dos tebeos, magníficos ambos, sobre Dalí. El primero de Edmund Baudoin, realizado por encargo del centro Pompidou con motivo de la exposición retrospectiva de la obra del artista que realizó en 2012 (conjuntamente con el Reina Sofía). Como nos confesó el propio Baudoin en la presentación que hizo del cómic en La Central, comenzó la obra sin mucho entusiasmo para, a medida que iba conociendo al personaje, pasar a trabajar con verdadero ímpetu y comenzar a admirar al artista. Astiberri lo editó aquí a finales de ese año y su lectura es francamente recomendable.


El segundo es una debilidad personal: es el tebeo con el que conocí a Paco Roca,  cuando todavía era un completo desconocido en 2001. Se trata de El juego lúgubre y es una (lúgubre) ficción basada en el pintor que me cautivó cuando la leí: me harté de recomendarla por todas partes con escaso éxito. La editó La Cúpula dentro de su mítica colección Brut (y digo bien mítica: ahí descubrí a Daniel Clowes, a Jason Lutes o a Chester Brown, por ejemplo), aunque ahora también existe una edición posterior de Astiberri de 2012.